sábado, 10 de enero de 2015

EL PERDONAR

"...aquella generación me repugnó, y dije: Es 
un pueblo de corazón extraviado, que no 
reconoce mi camino; por eso he jurado en mi 
cólera que no entrarán en mi descanso»(Sl. 94)

PERDONAR COMO SOLUCION.

Dios ha fundido el Don del Temor, todos sabemos de algún modo lo bueno y lo malo. Pero Dios no quiere que la obediencia sea ciega. Por eso quiere hacer presencia en cada alma de manera amable y respetuosa, valora nuestra libertad y nuestra dignidad. Quiere que seamos afables y creativos; desde la intimidad nos quiere participar de su misma vida, dándonos la sabiduría y la luz para que esta intimidad sea concreta y decidida. El perdón como piedad muerta no vale; más bien el gozo de la audacia para relacionarse mejor con Dios y con nuestros semejantes.

Concepto: Es la acción por la que una persona, (perdonante) que estima haber sufrido una ofensa, decide, bien a petición del ofensor o espontáneamente, no sentir resentimiento hacia el (ofensor) o hacer cesar su ira o indignación contra el mismo, renunciando eventualmente a vengarse, o reclamar un justo castigo o restitución, optando por no tener en cuenta la ofensa en el futuro, de modo que las relaciones entre ofensor perdonado y ofendido perdonante no queden afectadas o queden menos afectadas. El perdonante no "hace justicia" con su concesión del perdón, sino que renuncia a la justicia al renunciar a la venganza, o al justo castigo o compensación, en aras de intereses superiores. El perdón no debe confundirse con el olvido de la ofensa recibida. Quien la olvida no perdona, pues no adopta una decisión de perdonar. Tampoco perdona quien no se siente ofendido por lo que otras personas considerarían una ofensa. Tampoco perdona quien deja de sentirse ofendido tras las explicaciones del presunto ofensor que hacen ver la inexistencia originaria de ofensa alguna. El perdón es obviamente un beneficio para el perdonado, pero también sirve al perdonante, cumple al perdonar una obligación moral o religiosa y ante la sociedad, contribuye a la paz. También se habla en un sentido impropio de perdonar un castigo, una deuda u otro tipo de obligación, en el sentido de renunciar a exigirla.

¿Qué puede significar el perdonar? Libertad. Cuando una persona está apegada a los resentimientos vive como quien lleva a cuestas algo pesado físicamente, y algo le impide interiormente descargarla para descansar. Tampoco es suficiente olvidar sin perdonar, tarde o tempranos volverá el fantasma del resentimiento.

Cuando hablamos del auténtico perdón, nos movemos en un terreno de profundo sentimiento, abandonando todo lo material para entrar en un estado espiritual ayudado por la acción de Dios; no por nuestras fuerzas, todos tenemos algo que perdonar y de que pedir perdón. Dice el Señor “el único bueno es Dios”.

El perdonar consiste en renunciar a la venganza y querer, a pesar de todo, lo mejor para el otro. No porque no quedaba más, sino por un sentimiento profundo de amor, aquella frase de Jesús “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” si se es capaz de amar se puede entender plenamente el acto amoroso del perdón. Y a ejemplo de Cristo, muchísimos en el mundo han adquirido la gracia de perdonar. Pero pudiéramos pensar que son casos límites, reservados para algunos héroes; son ideales bellos, más admirables que imitables, que se encuentran muy lejos de nuestras experiencias personales. ¿Puede una madre perdonar al asesino de su hijo? ¿Podemos perdonar, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Éstas son algunas de las situaciones que se presentan en la convivencia humana.

¿Qué es el auténtico perdón? Es un acto espiritual, el cuerpo se resiste, siente calor y deseos de reacción, soberbia e ira. Todos queremos ser felices y tenemos a nuestro alcance la clave más bella para lograrlo: el perdón. “el único bueno es Dios”. No bastan los buenos propósitos, “el camino al infierno esta pavimentado de buenas intenciones”

Algunas causas consideradas como principales: la injusticia, el rechazo, la humillación, la calumnia, el robo de la estima. Es decir cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro. No precisamente hay que estar en una cárcel para sentir una tortura. Y estos actos son más dolorosos cuando se trata de personas que deberían amarnos más. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares,” dicen los árabes.

Se considera que por causa de la libre actuación de otro, sufrimos heridas en lo más profundo de nuestro ser. Estos actos conscientes o inconscientes son motivo de sufrimiento, de quebranto de nuestra paz interior, de resentimientos y hasta de comportamientos incorrectos. Frente a las heridas que podamos recibir en el trato con los demás, es posible reaccionar de formas diferentes. El primer impulso seria devolver mal por mal, la venganza; pero no todas las veces se puede actuar, porque en ocasiones ni siquiera se sabe con quién desquitarnos. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores, o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más. Frente a estos comportamiento lo mejor es y sólo en el perdón brota nueva vida.

Debes conocerte.- Por lo general nos hacemos los inocentes, no somos conscientes de nuestro yo. Salta el “yo no sé”, “No lo sabía”, “No me corresponde”, etc. Cuando nos enteramos que enjuician a alguien, de algún modo gozamos, sin caer en la cuenta que si no fuese por la gracia de Dios nosotros estaríamos en peores condiciones. “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados” (Lc. 6,37). ¿Cuantas veces tendré que perdonar? (Cf. Mt.18, 21-35) "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Requerimos una partida sincera:

Disposición.- Partir de cero. María la madre de nuestro Señor Jesús, de la tribu de los “anauin” dueños de nada pero dispuestos. María llevaba todo dentro de su corazón. Estubo dispuesta a servir. A hacer todo lo que decía su santo Hijo de Dios. (Cf.Mt.20,26) “El que quiera ser grande que se humille” – “El primero que sea servidor”

Silencio.- Si quieres conocerte sométete al silencio. El ruido cierra el alma. (Cf. 1 Re. 9, 10-13) Elías en la cueva – Dios no estaba en el trueno ni en el terremoto ni en el huracán- estaba en la suave brisa. Lo importante no es lo que yo le diga a Dios, Él lo sabe todo. Lo importante es lo que Dios me dice a mí. En medio de este mundanal ruido el silencio se ha ido de la persona humana, no solo como falta de ruidos sino como disposición interior.

Capacidad.- “Tesoro de los humildes”. Que es lo que impide: Pereza, falta de sincero deseo, de generosidad, de alegría, de aceptación. Generado por el temor – el complejo de culpa – complejo de inferioridad – el odio.

Las realidades de sanación y liberación interior son situaciones que hay que superar, porque nos afectan más que la enfermedad corporal, pero más difícil porque nos da miedo. Hay muchas heridas en nuestro subconsciente y las hemos guardado bajo llave y no queremos siquiera recordarlas.

Hay quien pueda decir que una enfermedad es sinónimo de castigo. Dios obra milagros por compasión, porque ama a la gente, para ayudarles a creer; para revelar que Dios es el Dios de la vida y que al final, junto con la muerte, también la enfermedad será vencida y «ya no habrá luto ni llanto».
No sólo sana y libera, sino que ordena a sus apóstoles hacer lo mismo detrás de él: «Les envió a anunciar el reino de Dios y a curar a los enfermos» (Lc 9,2); «Predicad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos» (Mt 10,7-8). Dos cosas Evangelio y enfermos.

El tratamiento médico de las enfermedades se debe a la ciencia y la medicina. Pero esta la gracia que es recurso directo a Dios, a través de la fe, la oración y los sacramentos. Después de haber reconocido que somos pecadores y que hemos causado escándalo. Cuando no nos hemos basado ni en la ciencia ni en la fe, sino más bien en la acción del enemigo de Dios y enemigo nuestro.

¿Qué pensar de quien, a pesar de todo, no sana? ¿Que no tiene fe, o que Dios no le ama? Si la persistencia de una enfermedad fuera señal de que una persona no tiene fe, o de que Dios no la ama, habría que concluir que los santos eran los más pobres de fe y los menos amados por Dios, porque algunos pasaron la vida en cama.

Cristo ha redimido también el sufrimiento y la muerte. Esta ya no es signo del pecado, participación en la culpa de Adán, sino que es instrumento de redención. Pero por falta de liberación que es causante de enfermedad y muerte si es cuestión nuestra. Si yo no pongo de mi parte Dios no puede hacer nada por mí, yo autorizo a Dios para que Él obre en mi.

Si nos atenemos a la ley natural el tiempo “cura” algunas heridas. No las cierra completamente, solo que no se tienen en la memoria, (caducidad de emociones). No se puede continuar de por vida seguir llorando, pero el subconsciente albergara esos sentimientos que difícilmente se pueden desprender por sí solo, es necesario con la ayuda de Dios, expulsar de su ser toda herida. De esta manera, puede que se recuerde las injusticias pasadas pero como un acto ya perdonado y por tanto, pueden servirnos para que no se repitan y para no caer en las mismas circunstancias.

El perdonar requiere que no se vea como un trueque, una compra venta, si perdono pero… Es preciso renunciar a la venganza, al interés y a los prejuicios. Perdonar es ante todo un acto ofrecido a Dios; cuya fórmula puede ser: (te perdono en nombre de Dios) lo que equivale a renunciar a la venganza y al odio. De lo contrario no habría ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se dispone en humildad. Dicho de otro modo es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido. El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra. Dios aborrece el pecado y ama al pecador.

Quienes participan en el acto del perdón.-

a- Perdonarse a sí mismo.- Hay situaciones y actos en que nos sentimos culpables nosotros mismos y nos producen desilusión, frustración u/o vergüenza, estas situaciones nos denigran. Por tanto necesitamos auto-perdón, liberación, hay que perdonarse, tener en cuenta que nadie es perfecto y que los seres humanos estamos propensos a fallar. Perdonarse a sí mismo es aceptar con humildad la propia condición humana para reconocer que somos imperfectos. Perdonarse a sí mismo es un acto de humidad que nos habilita para recibir la fuerza de Dios para no volver a fallar.

b- Perdonar a los demás.- Empecemos por casa: Existe al interior de las familias rechazos a los padres; en muchos casos los hijos van descubriendo sus debilidades. En la medida que van teniendo éxitos en cualquier forma, descubren su inteligencia y se comienzan a avergonzar de sus progenitores, y los rechazan, pero es más grave cuando su conducta es incorrecta, crean odio y violencia. Pero también cuando los niños están en temprana edad son rechazados y excluidos, estos crecen y cargan consigo una carga muy pesada y difícil de soltarla.

Las heridas duelen mucho más de lo que nos pudiéramos imaginar, pero no olvidar que “la mejor venganza es el perdón”, porque la falta de perdón auto-esclaviza. Cuando no perdono, me lastimo en tanto que el ofendido ni se percata de los sentimientos que se tienen contra él. La falta de perdón nos mantiene presos y atados a esa persona, por tanto perdonando nos liberamos.

c- Sentir el perdón de Dios.- No solo fallamos a los demás sino que le fallamos muchas veces a Dios. Él es el Creador de todo, es el juez del universo y a pesar de esto no se complace en juzgar, sino en perdonar.- Dios es amor. Él no tiene amor, es el amor, es de su naturaleza perdonar las faltas de sus hijos, para eso es Padre y Padre de misericordia. Donde hay un verdadero arrepentimiento, el perdón está asegurado. “Un corazón contrito y arrepentido Dios no lo desprecia”. Diremos,… ¿pero dónde está Dios que no veo? Pues en la persona de Jesús, su Hijo, que vino a perdonar, es su misión. Antes de morir, dijo: “perdónalos porque no saben lo que hacen” – “«Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra… y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo».” (Mt. 28, 18-20) – no nos ha dejado solos.

d- Perdonar a Dios.- Sí, así como suena. ¿Es que acaso Dios se equivoca? No, en absoluto, pero por nuestro orgullo creemos que nos ha fallado, pues creemos que ciertas angustias, tragedias son fallas de Dios. Nuestras mentes, nuestras percepciones son demasiado estrechas para comprender la magnitud de las cosas. Es claro que los desastres que ocurren en el mundo, los que padecen los seres humanos, quizá podamos creer que Dios se olvidó de nosotros o que llegó tarde, pero sin que lo creamos, estuvo allí. ¡De quien es la culpa? Cuando nos alejamos de Dios, estamos rechazando su protección – quedamos a disposición del mal. Hay que cambiar esa actitud, Dios no quiere nada malo para nadie.

Se habla de la “caducidad de nuestras emociones”. Llegará un momento en que una persona no llore más, ni se sienta ya herida. Pero esto no es una señal de verdadero perdón, sino ganas de vida en paz. Lo del perdonar y las heridas corresponde no solo a la parte psíquica o física sino que también se debe a la parte intima del ser humano, el alma que reclama purificación y liberación. Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que humanamente queremos camuflarlo o distorsionarlo. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.


Perdonar es amar intensamente.- Tener presente que los demás, así como nosotros nos podemos equivocar y cometer actos que agreden la integridad del otro. El verbo latín perdonare lo expresa: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare.= Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.

Actitudes y virtudes que no ayudan a liberarnos y a liberar a los demás, en primer lugar el amor. Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente. Es necesario, como primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita. Una persona puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente. De manera que si niego el perdón, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente, a la otra persona.

Comprendamos que cada uno necesita más amor del que “merece”; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y necesitados. Perdonar es compadecerse del otro. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformándola en un monstruo, no obstante de ser la persona más encantadora. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: “Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese.”

El amor generoso valor que debemos cultivar porque nos ayuda a perdonar. Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible, allí está la misericordia que abre paso al perdón. Pero no falta quien se pregunte ¿y donde están mis derechos? El perdón anula los derechos. Sin embargo, es propio también, compensar el daño causado en la medida de las capacidades. “Convenceos que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad” (San Josemaría Escrivá B.)

Lógicamente que es mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero también debemos comprender que quien obra mal es porque está falto del amor que procede de Dios y para ellos es muy difícil admitir su culpabilidad, lo ven desde el punto de vista natural y mundano.

El perdonar auténticamente es un acto sobrenatural y no puede estar sometido a cálculos, especulaciones y metas, “Te perdono porque te quiero –a pesar de todo.” Jesús sentía una profunda compasión por todo el hombre y por todos los hombres, por eso los sanaba y les anunciaba el Reino de Dios (cf. Mc. 6,34) – “Estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo. Por su gracia, habéis sido salvados” (Ef. 2,4-7)

“Poner la otra mejilla” o mostrar el frente del perdón solo lo pueden aquellos que han recibido por gracia un poco de humildad, delicadeza y sensibilidad. Teniendo en cuenta que la humildad va ligada a nuestros derechos y a la igualdad. «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»(Jn.18, 23) Para nosotros debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos; por lo que el perdón es más para compartir que para conceder, todos necesitamos el perdón. Aunque algunas veces lleguemos al límite de nuestra propias fuerzas, es por eso que necesitamos de la gracia, Dios nos dice: “No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces.”(Is. 43,1) Su gracia obra una profunda transformación en nosotros.

Todos necesitamos más amor del que merecemos, debido a nuestra vulnerabilidad, pero Dios nos da la fortaleza para la conversión, la posibilidad de transformación, de evolución y la obtención de la vida plena.
Una persona adquiere una mejor calidad de vida al desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando siente afecto verdadero. El amor en desarrollo perfecciona la obra de la creación. Hay un sabio consejo para la vida en armonía, que consiste en no identificar al agresor con su obra; se rechaza el mal más no al autor. El autor siempre tendrá la oportunidad de corregirse. El bien prevalece sobre el mal.

No solo es por interés o necesidad que se comete el mal, es además, por una tendencia, por una sutil pero grave insinuación de los espíritus del maligno, cuando se vive una vida de pecado. Por tal razón todos somos necesitados de la misericordia de Dios y de los demás. Somos frágiles y débiles. Nos dice san Pablo “porque hago lo que no quiero y dejo de hacer lo que quiero? Según el dicho popular: “Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese.”

Para perdonar hace falta prudencia y delicadeza. No es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede asumirse como una venganza sublime, una acusación. Puede parecer una demostración de la razón y de generosidad falsa y arrogante.

El perdonar, en todo caso se debe a que somos pecadores, contenemos cantidad de errores por tanto no se debe ver como un acto de justicia, por lo que el perdón es más para liberación y compartir que para conceder. Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta.

Perdonar significa optar por la vida, actuar con creatividad y elevar el espíritu. Para ello debemos prepararnos, no es fácil en un primer momento aceptar un gran dolor. “¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona.”

El arte de convivir está estrechamente relacionado con la capacidad de pedir perdón y de perdonar. Todos somos débiles y caemos con frecuencia. Tenemos que ayudarnos mutuamente a levantarnos siempre de nuevo.

No sólo existe la ruptura tajante de las relaciones humanas. El amor se puede enfriar por el desgaste diario, por desatención y estrés. Hasta matrimonios aparentemente muy unidos pueden sufrir “divorcios interiores”: viven exteriormente juntos, sin estar unidos interiormente, en la mente y en el corazón; conviven soportándose. Hay muchas formas distintas de infidelidad y descomposición.

Siempre es Dios quien ama primero y es Dios quien perdona primero. Es Él quien nos da fuerzas para cumplir con este mandamiento cristiano que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los enemigos, perdonar a los que nos han hecho daño. Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia moral –como Dios te ha perdonado a ti, tú tienes que perdonar a los prójimos.- Imperativo existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes robar el derecho que tiene el otro de ser perdonado. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.

El perdón forma parte de la identidad de los cristianos; su ausencia significaría, por tanto, la pérdida del carácter de cristiano. Por eso, los seguidores de Cristo de todos los siglos han mirado a su Maestro que perdonó a sus propios verdugos. Han sabido transformar las tragedias en victorias.

Ninguna experiencia que adquirimos es en vano. Siempre podemos aprender algo. También cuando nos sorprende una tempestad o debemos soportar el frío o el calor. Siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos. (Gertrud von Le Fort ) dice que no sólo el claro día, sino también la noche oscura tiene sus milagros. “Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación.”

Miremos la importancia del perdón amoroso: De acuerdo a experiencias de vida, los posesos deben su estado a espíritus del mal y para su liberación y sanación el camino a seguir (único) es el perdón. Esta persona debe empezar perdonando, al tiempo que va sintiendo contrición de corazón para llegar al sacramento del perdón.Y Dios se encargara de su liberación y de su sanación.

Por qué y para qué perdonar.- ¿Qué puede significar el perdonar? Libertad. Cuando una persona está apegada a los resentimientos vive como quien lleva a cuestas una maleta y no quiere descargarla para descansar. Asoma en su ego los temores, el orgullo, la soberbia y el menosprecio del otro.

¿Qué hago cuando digo “Te perdono”? Es el equivalente a ofrecer la otra “mejilla” ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la ofensa, sino que rechazo la venganza y los rencores, y para que quede mejor, lo ofrezco a Dios. Me dispongo a ver al agresor como una persona digna de misericordia. Es un acto de amor, (Cf. Lc 7, 36-50.

El primer motivo que probablemente vendrá a la mente es que, cuando perdonamos, nos liberamos de la esclavitud que produce el odio y el resentimiento, a fin de recobrar la paz que había quedado bloqueada por esos sentimientos. Por añadidura y como un segundo momento, estaremos haciendo el bien como misericordia para con el otro, quien necesita ponerse en paz consigo mismo y con Dios. Y así los dos entraran en conformidad con la voluntad de nuestro Creador. Y un motivo más, esta práctica nos hace sensibles para no pasar de ofendido a ofensor, Dios no va puliendo para no declinar al extremo opuesto.

Esto es construir paz terrena, o dicho de otra manera, convivencia social. Como hay situaciones extremas que los razonamientos humanos puedan quedar cortos al momento de perdonar, a manera reiterativa, se debe contar con la gracia donada. Eso no se trata de una cuestión física y va más allá de lo psíquico. Y mientras más pronto es mejor, de lo contrario la amistad, con todo el valor que encierra, puede perderse para siempre.

Como creyentes, solemos recitar la oración que Cristo nos legó, son pocos los que conscientemente y razonablemente dialogan por este medio con Dios. Hagámonos algunas preguntas: ¿Por qué decimos Padre nuestro?. ¿De qué manera santificamos el nombre de Dios? ¿Hágase tu voluntad? ¿Cuál pan pedimos para todos los días? ¿Perdonamos para poder ser perdonados? ¿Quién es el maligno del que solo Dios nos puede proteger?

La negación del perdón es una desobediencia (nido de la soberbia) y a la vez un pecado como ofensa a Dios. Si Dios perdona a todo aquel que se arrepiente, ¿porque a nosotros se nos ha de dificultar? Porque falta mirar y enfrentar el pecado sin rodeos, sin escusas y sin relativismo.

Como hacerlo:- El ejercicio consiste en enfrentar la ofensa que causa resentimiento y profundizar en la belleza del perdón. Cultivar flores es maravilloso por su colorido y su aroma; pero es más maravilloso perdonar, por la satisfacción personal, por el bien físico, por la liberación y sobre todo por la paz providente que se alcanza. “yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”(Mt.5, 22-24)

Satisfacción porque el ser humano está apto para actos altruistas. Se alcanza salud por tratarse realmente de un mal para el conjunto de la propia vida. Liberación porque es una carga que se quita de su existencia y esto donado a Dios, de Él alcanzamos ese don divino de la paz y aumenta en nosotros los valores y los dones que solemos llamarlos virtudes humanas y espirituales.

El perdonar no es lo que debemos considerar como un signo de debilidad. Tampoco tiene matices de contrasentido, al tratarlo como algo que atente contra la justicia. Lo indispensable es descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas, para bien propio. El perdonar es propio de los sabios e inteligentes. Cualquier mediocre, puede ser violento, matar, abusar, lastimar, pero no cualquiera tiene el valor supremo de perdonar.

En ocasiones se puede confundir el no perdonar con el no querer ver el daño, el perjuicio recibido. Ay quienes soportan prudentemente el comportamiento de los demás y si reciben injurias lo matizan con un simple acto de tolerancia, pero la herida queda. Procuran eludir todo tipo de conflicto; hacen esfuerzos por no perder la paz a cualquier precio, sin llegar al perdón intrínseco. Y cuando el perdonar no se lleva a cabo de manera adecuada puede sobrevenir El odio que provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Una persona herida, hiere y aparenta ser dura, inaccesible e intratable. Pero en realidad es insegura por su experiencia de tormento y necesita defenderse. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la ira o la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas.”

Perdonar va más allá de la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón. “Convenceos que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad -afirma (San Josemaría Escrivá). Y Santo Tomás resume: “La justicia sin la misericordia es crueldad.” - "...Líbranos del maligno. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes" (Mt. 6, 13-15)

Una misma ofensa con la misma intensidad afecta de manera diferente a las personas, algunas lo asumirán como una situación normal y otras se afectaran en diferente grado. De manera que es nuestra respuesta a las situaciones lo que nos vuelve resentidos, es la manera de orientar nuestra reacción. Cundo la persona se considera ofendida, el resentimiento se arraiga. Si nos concentramos en quien nos ofendió con su agravio surgirá el veneno del resentimiento, de tal manera que debemos darle el manejo adecuado para impedir que permanezca dentro de nosotros. Dice una leyenda -"Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, porque el viento del olvido se lo lleva; en cambio, cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento en todo el mundo podrá borrarlo".

Negar el perdón a otra persona, es posible puesto que es un acto libre. Si se resiste al perdón es por soberbia y desobediencia como creatura. Pero el perdonar significa renunciar a la venganza y al odio, como un acto de humildad obediente. En definitiva el perdonar es amar. “sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor” (Lc.7. 47)

Como católicos, como soldados de Jesucristo con frecuencia debemos limpiar, afilar y ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: "Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir contra las asechanzas del diablo…y tras haber vencido todo, os mantengáis firmes" (Ef.6. 10-13). La misericordia es tan indispensable para con los demás como también para nosotros mismos, yo debo reconocer mi flaqueza para poder rectificarme. Quien soy yo para juzgar sin misericordia? Si el yo personal puede pecar en mayor grado que aquel a quien pretendo juzgar. De tal manera que es una afirmación (Cf. Amos 5,15) Aborrezcan el mal, amen el bien,” quiere decir que Dios ama al pecador y no al pecado. No por ser una frase hueca, sino que Dios lo demuestra en su Santa Palabra y por sus hechos.

Hagámonos algunas preguntas:

¿Soy sincero para reconocer el pecado y sus consecuencias?

Con la ayuda del Espíritu Santo, ¿Hago todos los días un examen minucioso sobre el bien y el mal?

¿Siento contrición de corazón por mis desobediencias?

¿Acudo al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón de Dios?

Ante los efectos causados. ¿Me he dispuesto reparar?

¿Me siento libre para perdonar? ¿Estoy dispuesto a hacerlo?


-                                   Ga 2, 19b-20 – “Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en              mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta                            entregarse por mí.”

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Nota: próximo articulo "Sacramento de la reconciliación"



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